A veces no es tan fácil.
Lo que sentís, lo que pensás, lo que querés.
Lo que los demás ven, lo que quieren que seas.
¿Está tan mal?
A veces sólo ves un extraño en el espejo... Tratás y tratás de encontrarte ahí, de sonreír a eso que está del otro lado, pero esos ojos, quizás lo único que te resulte familiar, sólo te observan con tristeza y desesperación. Te gritan en silencio que lo ayudes a salir, que lo dejes respirar, pero tenés miedo.
«¡¿Miedo a qué?!» te grita desde ese vacío. «Yo tengo miedo acá, sin salida»
Y por un instante, una fracción de segundos, creés ver un atisbo de esperanza en esos ojos que ahora te animan, te dicen que todo está bien y que no hay nada que temer. Y vos sabés que es lo correcto, que así deberían haber sido siempre las cosas. Y con esa seguridad contagiada salís al mundo de nuevo, nuevo.
Quizás sean los momentos más felices de tu vida, por que ahora realmente te sentís vivo.
Pero de pronto una mirada, un gesto, un reflejo, y ya no sabés para dónde salir. Querés compartir ese paso que diste, pero te das cuenta que nunca lo hablaste con nadie por miedo, vergüenza, ni a todas tus dudas y miedos.
Y también te das cuenta, tras abrir los ojos, de que nunca saliste de tu habitación, que todavía tenés en frente el espejo que te devuelve la misma mirada dolida y decepcionada de siempre, a la que ya te acostumbraste.
«Quizás mañana» te decís y tratás de sonreír e ignorar el dolor que te provoca saber que vos mismo sos tu obstáculo para ser feliz.
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